Celebra tu cosecha, honra tu siembra

Cuando un año comienza a llegar a su fin, es normal encontrarnos envueltos en una mezcla de sentimientos y emociones, algunas menos complejas y definitivamente más placenteras de asimilar que otras.

Para nadie es un secreto que muchos tendemos a pasar gran parte de nuestro día a día comparándonos con los demás, a lo mejor sin darnos cuenta, y aunque nos alegra ver cómo estamos siendo cada vez más conscientes de esto y hablando al respecto, reflexionando sobre nuestro año nos preguntamos: ¿realmente estamos sintiendo y creyendo en este discurso? A lo que nos referimos es que sabemos que es fácil hablar sobre la auto-compasión y el disfrute del proceso, pero creemos que practicarlo nos puede costar un poco… o mucho.

Si este es tu caso, escribimos con amor estas palabras alrededor de esta pintoresca metáfora para recordarte y recordarnos a nosotras mismas que no existen dos cosechas iguales, porque no existen dos siembras iguales.

Imagina que tienes una huerta. Es una pequeña huerta en el jardín de tu casa en la que has trabajado ocasionalmente por algunos años, pero a medida que pasa el tiempo te has vuelto más y más consciente del tesoro que tienes en tus manos y decides comenzar a sembrar con más intención; a tener más cuidado con lo que siembras y trabajar cada vez más en ella.

Imagina que un año decidiste trabajar más duro que nunca; sembraste las semillas que creías adecuadas, regaste tu siembra tan constantemente como podías, te esforzaste para mantenerla sana y a salvo, hiciste todo lo que podías hacer. Algunos días las cosas salieron muy bien, hizo un buen tiempo y pudiste controlar las situaciones necesarias para que todo en tu huerta comenzara a dar flor y fruto. Sin embargo, otros días no salieron tan bien como lo esperabas… te enfrentaste a múltiples cambios de planes, sin quererlo sembraste algunas semillas equivocadas, en el lugar donde vives hubo una sequía, o por otro lado una tormenta. Tuviste que volver a empezar un par de veces, y por momentos no tuviste tanto control sobre tu huerta como te hubiera gustado.

Comienza a finalizar el año y es hora de recoger la cosecha. Empiezas a sentir un poco de angustia al darte cuenta que esta no era exactamente lo que tú esperabas; una suculenta variedad de tomates como sacados de la sección de cocina de una revista, el brócoli perfecto, verde brillante, la lechuga fresca y crujiente… La cosecha que obtuviste no era en realidad tan parecida a la que tenías en mente. Las semillas equivocadas por su lado, resultaron en algunos pepinos y unas cuantas flores silvestres de un color azul brillante.

Entonces, con decepción arrojas tu considerada «pequeña y fracasada» cosecha a la basura. Suena algo ridículo, ¿no crees? Algo parecido sucede cuando nos hemos comparado tanto con los demás que anulamos los frutos de nuestro esfuerzo solo porque no son perfectos o parecidos a lo que teníamos en mente.

Con esta metáfora no pretendemos sugerir el conformarte siempre con una cosecha que sabes que puede ser mejor, pues sabemos que es importante ser auto-crítico, que es natural querer seguir creciendo y desarrollándonos para acercarnos a la versión de nosotros mismos que anhelamos ser. Sin embargo, estamos seguras que esa cosecha, la que soñamos genuinamente, eventualmente llegará, porque el alma conoce el camino y nos guía, aunque dudemos.

Qué tal si este año nos enfocamos en disfrutar plenamente de nuestra cosecha, de esta cosecha. En disfrutarnos cada logro, cada aprendizaje, cada recuerdo memorable, cada momento en el que fuimos felices. Después de todo, nunca volveremos a ser esta versión de nosotros mismos. Solo hoy. Solo en este momento.

Entonces, ¿qué elegimos hacer? Tirar la cosecha a la basura, o poner la mesa, prender algunas velas, poner las flores en agua, servirnos una copa de vino y honrar nuestra siembra.

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